El duelo es un lugar.
Un territorio silencioso al que nadie llega sin haber amado.
Un espacio sagrado donde algo vivió intensamente,
pero ya no está.
Yo he dejado de pelear contra mi tristeza.
Porque entendí que el dolor no es enemigo,
es testigo.
No se “supera” una pérdida que quebró el alma.
Se integra.
Se aprende a caminar cojeando,
hasta que un día, sin anunciarlo,
vuelves a correr,
llevando esa ausencia contigo
como quien lleva un tatuaje invisible.
El amor no desaparece cuando la persona se va,
ni siquiera cuando se transforma en extraña.
Ese amor se queda en los ecos de una risa,
en una foto guardada en el tiempo,
en una canción que ya no puedo escuchar igual,
en el silencio lento de un domingo que antes era de dos.
El dolor que siento hoy…
es directamente proporcional al amor que di ayer.
Y no es un castigo.
Es evidencia.
Es huella.
Es memoria de lo que fui capaz de sentir.
Me permito llorar.
No tengo un reloj para sanar,
ni una fecha de caducidad para extrañar.
Algunos días pesaré más,
otros —quizá— sonreiré al recordar.
Y ambos serán días válidos,
ambos serán parte de este viaje.
Honro mi dolor, porque es sagrado.
Porque, a pesar de la sombra,
tuve la fortuna inmensa
de conocer un amor que, aunque roto,
fue tan real que su ausencia
aún ocupa un lugar imposible de llenar.
Y aquí sigo.
Cicatrizando.
Aprendiendo.
Respirando.
Porque el duelo también es un lugar desde el cual, algún día,
volveré a nacer.
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